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—Deja de preguntarle qué ocurre en casa de su padre.
—No lo interrogo.
—Puede que tú no lo sientas como interrogatorio.
Me molestó.
—Solo pregunto si está bien.
—Eso está bien. El problema viene después.
—¿Después qué?
—“¿Qué hicieron?” “¿Quién estaba?” “¿Qué dijo papá?” Cada pregunta puede hacer que él sienta que tiene que darte información.
Me quedé callada.
—Entonces ¿qué hago?
—Dile: “Me alegro de verte. ¿Quieres contarme algo?”
—¿Y si no cuenta?
—No cuenta.
Aquello fue muy difícil.
Porque yo quería saber.
Quería encontrar la frase.
La prueba.
Lo que fuera.
Pero Mateo no era investigador de mi divorcio.
Era mi hijo.
Y poco a poco empecé a comprender que protegerlo también significaba renunciar a utilizarlo como fuente de información.
JAVIER Y YO COMETÍAMOS ERRORES DIFERENTES
Yo preguntaba demasiado.
Él hablaba demasiado.
Eso fue lo que finalmente quedó claro.
Mateo comenzó a repetir frases como:
—Papá dice que aquí no tengo rutina.
—Papá dice que la abuela no cuenta como mamá.