Me llamo Valentina, y hasta hace unos meses creía conocer toda la historia de mi familia.
Estaba completamente equivocada.
Mi abuela Emilia tenía ochenta y tres años y un cáncer que ya no daba tregua. Los médicos fueron sinceros: quedaba muy poco tiempo. Ella sonreía igual, hacía chistes malos y se quejaba de la comida del hospital como si esa fuera su mayor preocupación.
—¿Otra vez gelatina? —refunfuñó una tarde mientras hacía una mueca—. Si sigo viva una semana más, voy a convertirme en frutilla.
Yo solté una carcajada.
—Abuela, sos imposible.
—No, querida. Imposible es que esa enfermera me convenza de comer esa sopa.
Hasta la enfermera terminó riéndose.
Mi abuela tenía ese don. Podía hacer reír incluso cuando el dolor le doblaba el cuerpo.
Pero una noche dejó de bromear.
Me pidió que cerrara la puerta de la habitación.
—Necesito contarte un secreto… y prometeme que no me vas a juzgar.
Sentí un nudo en el estómago.
—Te lo prometo.
Sus manos temblaban.
—Hace sesenta años tuve un bebé.
La miré confundida.
—¿Qué?
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.
—Antes de conocer a tu abuelo… Era muy joven. Muy pobre. Cuando nació, me dijeron que había muerto durante el parto.
Yo le apreté la mano.
Ella respiró hondo.
—Pero una enfermera me confesó años después que lo había escuchado llorar… Me dijo que muchas madres estaban siendo engañadas… que algunos bebés desaparecían.
Sentí un escalofrío.