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Nos vio.
Corrió hacia nosotros.
—¡Mamá!
Lo abracé.
Javier se acercó.
—Hola, campeón.
Durante unos minutos todo pareció normal.
Mateo tenía un pequeño automóvil de juguete.
Lo hacía rodar por una silla.
Entonces Javier preguntó:
—¿Te acordaste de lo que hablamos?
Yo levanté la mirada.
Mateo también.
—¿Qué cosa?
Javier cambió inmediatamente.
—Nada, campeón.
Mi abogada observó.
Yo no dije nada.
Después Mateo vio entrar a una funcionaria que había hablado con nosotros anteriormente.
Preguntó:
—¿Ella es la jueza?
—No —respondí.
Entonces me miró.
Y dijo:
—¿Hoy también tengo que decir que mamá me deja solo cuando papá me pregunta?
No hubo gritos.
Nada cinematográfico.
Simplemente silencio.
Javier palideció.
—Mateo…
Mi hijo continuó jugando con el automóvil.
Como si acabara de preguntar qué íbamos a cenar.
—¿Qué quieres decir, cariño? —pregunté.