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Mi abogada me tocó el brazo.
Era una señal.
No preguntes.
La profesional encargada pidió que los adultos no continuáramos la conversación con él en ese momento.
Y eso hicimos.
Javier intentó hablar.
Su abogado también lo detuvo.
Aquella frase no resolvió automáticamente un divorcio.
No entregó a nadie “la victoria”.
Pero cambió el centro de la conversación.
Ya no se trataba únicamente de mis turnos laborales.
La pregunta ahora era:
¿Qué estaba escuchando Mateo y cuánto peso emocional estaban colocando los adultos sobre él?
LA VERDAD ERA MÁS COMPLEJA QUE “SU PADRE LO OBLIGÓ A MENTIR”
Eso fue lo que yo quise creer al principio.
Era fácil.
Javier = villano.
Andrea = víctima.
Mateo = testigo.
La realidad fue más incómoda.
Con orientación profesional se fue entendiendo que Javier había mantenido conversaciones inapropiadas delante de Mateo.
A veces directamente con él.
Preguntas como:
—¿No prefieres quedarte aquí cuando mamá trabaja?
—Aquí siempre está papá, ¿verdad?
—Cuando te pregunten dónde duermes más, acuérdate bien.