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Papá ya no dormía en casa.
Había una mochila que iba y venía.
Dos habitaciones.
Dos cepillos de dientes.
Dos rutinas.
Empezó a preguntar:
—¿Hoy duermo aquí?
—Sí.
—¿Mañana con papá?
—Sí.
—¿Después vuelvo?
—Claro.
Una noche me abrazó muy fuerte.
—Mamá, ¿tú te vas?
Sentí un nudo.
—No.
—Papá dice que trabajas mucho.
Me quedé quieta.
—A veces trabajo mucho.
—¿Y me dejas?
—No te dejo. Cuando trabajo siempre estás con alguien que te cuida.
—Pero papá dice que eso es dejarme.
Ahí apareció la primera alarma.
No quería interrogarlo.
Los niños pueden mezclar palabras.
Pero lo anoté para comentarlo con mi abogada y con la profesional que nos estaba orientando durante la separación.
Javier negó haber dicho algo inapropiado.
—Está interpretando.
—Tiene cuatro años.
—Precisamente.
Intenté no discutir.
DESPUÉS APARECIERON LAS FRASES EXTRAÑAS
Mateo comenzó a decir cosas que no parecían suyas.