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Y esa diferencia cambió todo.
Los divorcios pueden despertar miedo.
Dinero.
Orgullo.
Infidelidad.
Dolor.
Sensación de fracaso.
Deseos de demostrar quién fue responsable.
Pero un hijo pequeño no tiene capacidad para cargar con todo eso.
No debería tener que decidir:
Quién es mejor.
Quién dice la verdad.
A quién quiere más.
Ni qué respuesta hará feliz a mamá o a papá.
Los niños pueden tener preferencias y emociones reales que merecen ser escuchadas de manera apropiada.
Pero hay una enorme diferencia entre escucharlos y entrenarlos para participar en una guerra que pertenece a los adultos.
LA LECCIÓN MÁS DIFÍCIL QUE APRENDÍ
Yo pensaba que proteger a Mateo significaba demostrar que Javier estaba equivocado.
Javier pensaba que protegerlo significaba conseguir más tiempo con él.
Los dos tuvimos que aprender algo distinto:
Protegerlo significaba darle permiso para querer al otro progenitor sin miedo a traicionarnos.