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—Eso está mal.
—Sí.
—¿Tú lo hacías?
Respiré.
—De otra manera, algunas veces también.
Me miró sorprendido.
—¿Y por qué?
—Porque estaba enfadada y tenía miedo.
—Los adultos son raros.
—Terriblemente.
Esa conversación fue uno de los momentos de los que más orgullosa me siento.
No porque yo quedara bien.
Precisamente porque no intenté quedar bien.
HOY MATEO TIENE DIECINUEVE AÑOS
Javier y yo llevamos catorce divorciados.
Los primeros años fueron difíciles.
Después la relación se volvió práctica.
Luego cordial.
Hoy podemos sentarnos juntos durante acontecimientos importantes.
Graduaciones.
Cumpleaños.
Alguna comida.
No somos amigos íntimos.
Tampoco enemigos.
Javier se casó nuevamente.
Yo también tuve otra relación durante varios años.
Nuestra vida continuó.
Mateo tiene una relación cercana con los dos.
Hace poco nos preguntó:
—¿Saben qué es lo raro?
—¿Qué?
—No recuerdo casi nada del divorcio.
Me quedé mirándolo.
—¿Nada?
—Recuerdo dos casas.