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Lo que Javier había hecho como esposo.
Y:
cómo debía relacionarse con Mateo como padre.
Podía estar profundamente enfadada por uno sin convertir automáticamente el otro en la misma cosa.
Años antes no habría creído que pudiera separar esas emociones.
Tuve que aprender.
MATEO DEJÓ DE HACER PREGUNTAS SOBRE EL JUEZ
Eso fue una de las primeras señales de que las cosas mejoraban.
Volvió a hacer preguntas normales.
—¿Puedo comer helado?
—¿Por qué los perros no hablan?
—¿Papá puede venir a mi cumpleaños?
Esta última nos puso a prueba.
Respondí:
—Claro.
Javier vino.
También estaba mi familia.
No fue cómodo.
Pero Mateo cumplió cinco años con sus dos padres en la misma fotografía.
No fingíamos ser pareja.
Simplemente podíamos permanecer diez minutos uno al lado del otro sin convertir el pastel en territorio en disputa.