PARTE 2
El día se volvió 2, y luego 5, y luego una semana completa. Tomás arregló el techo, levantó la cerca, limpió el camino al arroyo y cortó suficiente leña para que Mariana no tuviera que internarse sola entre los matorrales.
Ella seguía desconfiando, pero empezó a dejarle un jarro de café junto al fogón y un plato de frijoles sobre un banco de madera. No decía gracias. Él tampoco pedía explicaciones. Ambos entendían mejor los gestos que las palabras.
Una tarde apareció Doña Refugio, una curandera vieja que vivía del otro lado del cerro. Llegó con hierbas, aceite de árnica y una mirada capaz de leer secretos. Revisó a Mariana y dijo que la niña venía bien acomodada, pero que la madre necesitaba comer más y descansar.
Antes de irse, se acercó a Tomás y le soltó, sin bajar la voz:
—Puede dejar de fingir que está aquí por obligación. Dios no pone a un hombre en una puerta así nomás para que se haga tonto.
Desde entonces, la casa empezó a cambiar. Mariana ya no caminaba con el cuchillo en la cintura. Tomás ya no dormía tan lejos de la puerta. En las noches se sentaban afuera, oyendo los grillos y el agua del arroyo.
Ella le contó de sus padres, de Doña Petra, de Rogelio, de la vergüenza de haber creído en un hombre que solo quería una sirvienta. Tomás hablaba poco, pero escuchaba como si cada palabra fuera sagrada.
Una noche de luna llena, el bebé pateó con fuerza y Mariana, sin pensarlo, tomó la mano de Tomás y la puso sobre su barriga. Él se quedó inmóvil. Cuando sintió el golpe pequeño bajo la piel, algo en su rostro se quebró.
Mariana vio ternura donde antes solo había culpa. Y por primera vez pensó que quizá aquel hombre no estaba allí por lástima. Quizá estaba porque quería quedarse.
Todo parecía empezar a sanar hasta que Rogelio volvió.
Llegó una tarde sofocante, montado en un caballo flaco, con la ropa sucia y el rostro de quien debía dinero. Miró la milpa creciendo, el techo reparado, las gallinas, el corral nuevo y luego miró a Tomás con rabia calculada.
—¿Quién eres tú y qué haces en mi propiedad?
Tomás se plantó entre él y la puerta.
—Cuido lo que tú abandonaste.
Mariana apareció detrás, pálida, con una mano sobre el vientre. Rogelio sonrió al verla, pero no había amor en su mirada, solo interés.
Dijo que venía por lo suyo, que la tierra iba a venderse a un hacendado de Querétaro y que ella debía poner su firma para cederle los derechos. Mariana entendió entonces que no había vuelto por arrepentimiento ni por el bebé. Había vuelto por dinero.
Tomás apretó los puños, pero habló con calma.
—Ella no va a firmar nada.
Rogelio soltó una carcajada amarga.
—Es mi mujer. La ley está de mi lado.
—La ley también puede escuchar que la dejaste 4 meses embarazada en medio del monte, sin comida, sin dinero y sin una sola carta.
Rogelio se puso rojo. Amenazó con volver con autoridad, con papeles y con testigos. Pero cuando miró a Mariana esperando verla temblar, encontró algo distinto. Ella estaba llorando, sí, pero con la barbilla levantada.
—No te voy a dar mi firma —dijo ella—. Ni mi miedo. Ni mi vida.
Rogelio escupió al suelo y se fue prometiendo regresar.
Cuando el ruido del caballo desapareció, Mariana se dobló como si todo el valor se le hubiera escapado del cuerpo. Tomás la sostuvo antes de que cayera. Ella apoyó la frente en su hombro y lloró por todo lo que había callado.
Él no dijo nada.
Solo se quedó.
Y para Mariana, eso fue más poderoso que cualquier promesa.
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