Pero al llegar a la supuesta propiedad, Mariana encontró un jacal abandonado, un pedazo de tierra sin papeles y un hombre que trabajaba poco y bebía mucho. Rogelio no era agricultor, ni dueño, ni marido de palabra. Era jugador de cartas, de esos que pierden lo poco que tienen y luego apuestan lo que todavía no existe.
Cuando Mariana quedó embarazada, sintió alegría y terror. Alegría porque por fin tendría a alguien suyo. Terror porque sabía que Rogelio no estaba hecho para cuidar a nadie.
Una mañana, cuando ella tenía cinco meses de embarazo, Rogelio ensilló el caballo y dijo que iba al pueblo por provisiones. No la miró al despedirse. No volvió esa noche. Tampoco al día siguiente. A la tercera semana, Mariana entendió la verdad: la había abandonada en medio del monte, embarazada, sin dinero, sin caballo y sin nadie a quien pedir ayuda.
Sobrevivió comiendo menos, cargando agua del arroyo, durmiendo con el cuchillo bajo la almohada y hablándole al bebé como si ya pudiera responderle. Le contaba de su madre, de las canciones del metate, de un mundo que no había sido bueno con ella, pero que tal vez podía ser distinto para esa criatura.
Y entonces llegó aquel hombre.
Se llamaba Tomás Arriaga. Tenía 40 años, hombros anchos, manos de trabajador y una tristeza vieja escondida detrás de la barba. Había sido arriero durante años. Iba de paso hacia un rancho pequeño que quería registrar a su nombre, pero el destino lo desvió por la vereda equivocada.
O tal vez por la correcta.
Tomás arregló la herradura sin pedir nada. Trabajó en silencio mientras Mariana lo vigilaba desde la puerta. Cuando terminó, estaba listo para irse, pero vio la leña casi acabada, el techo roto, la cerca caída ya esa mujer embarazada finciendo que podía sola.
Puso un pastel en el estribo. Se quedó inmóvil.
Recordó a su hermano menor, Julián, arrastrado por un río crecido 15 años atrás mientras Tomás intentaba sujetarle la mano. Nunca pudo salvarlo. Desde entonces, cargaba una culpa que lo había vuelto hombre de camino, sin casa, sin familia y sin raíces.
Pero esa tarde, frente a Mariana, sintió que si se iba, volvería a soltar una mano que pedía ayuda.
Bajó del caballo.
—Me quedo 1 día más —dijo sin mirarla—. Ese techo no aguanta otra lluvia.
Mariana no respondió. Entró al jacal y cerró la puerta.
Pero esa noche, por primera vez en meses, no puso la tranca hasta el fondo.
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