La tarde en que todo se rompió, Sebastián llegó acompañado. Andrés y Valeria entraron detrás de él, elegantes, perfumados, incómodos en mi sala. Traían una carpeta. Mi hijo no me miraba a los ojos. Fue Valeria quien habló primero, con esa voz suave y ensayada de quien está acostumbrada a cerrar negocios. Me explicó que Sebastián había expresado su deseo de vivir con ellos de manera permanente, que tendría su propio cuarto, un tutor privado, acceso a un colegio internacional. “Y hay algo más”, añadió Andrés, aclarándose la garganta. “Queremos iniciar un proceso de adopción. Valeria quiere adoptarlo legalmente. Necesitamos que renuncies a la patria potestad”.
Sentí que el piso se abría. Miré a Sebastián esperando que dijera algo, que se retractara, que llorara conmigo. Pero él, con la frialdad que solo un adolescente herido puede tener, dijo la frase que me perseguiría durante meses: “Mamá, por favor, firmá. Yo quiero esto. Ella puede darme lo que vos nunca vas a poder”.
No lloré delante de ellos. No sé de dónde saqué la fuerza, pero no lo hice. Les pedí que se fueran, que necesitaba pensar. Esa noche no dormí. Repasé cada cumpleaños, cada fiebre nocturna, cada vez que me había quedado sin comer para que él tuviera lo que necesitaba. ¿Cómo podía un niño de catorce años pedirme algo así? ¿Cómo podía su padre permitirlo? Y sin embargo, en medio del dolor, una voz interior me susurró algo aterrador: quizás Sebastián necesitaba aprender lo que significaba perderme, aunque yo me rompiera en el proceso.