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Había oído a mi hijo decirme que no estaba solo. Había visto lo que me había descrito. Había encontrado el documento que demostraba que estaba lúcido y preparado para todo esto. Esa certeza no eliminó el dolor, pero le dio sentido. El dolor tenía un significado, aunque fuera muy grande. No era el caos sin sentido que puede suponer la pérdida de un hijo.
Comencé hablando con algunas personas: el párroco, algunos amigos de confianza, algunas madres que habían perdido a sus hijos y con quienes compartí ciertas experiencias. Luego, la historia de Carlo comenzó a difundirse de maneras que no había previsto, y la gente empezó a pedirme que la contara. El proceso de beatificación se inició en 2013, y a partir de ese momento, la vida de Carlo se hizo pública de una forma que hasta entonces había sido exclusivamente personal y local.
Pero guardé la historia de Barachiele para mí durante mucho tiempo. La mantuve en secreto por ser algo demasiado íntimo, demasiado sagrado, demasiado susceptible de malinterpretarse si se contaba sin el contexto adecuado. Temía que la gente pensara que me lo estaba inventando, que estaba expresando mi duelo de forma creativa, que estaba construyendo una narrativa de consuelo.