Mi hijo Carlo me dijo el nombre del ángel que lo acompañaba… y lo vi en un sueño esa noche…ves mas

Nada me había preparado para lo que vi. Era una presencia de casi tres metros de altura, o quizás más. Las proporciones en ese espacio eran diferentes a las del mundo normal, y llevaba una capa, una capa de azul cobalto, un azul tan profundo e intenso que parecía tener densidad.

Casi parece líquido, como el mar en las noches en que la luna lo ilumina desde abajo y en los bordes del manto hay estrellas, estrellas bordadas en hilo dorado que no están quietas, que palpitan con una luz propia y cada vez que palpitan parece como si desprendieran un calor suave, un calor como el de una mano colocada sobre la frente de un niño con fiebre.

 

 

En su mano izquierda sostenía algo: una rosa. Una rosa blanca de una perfección que jamás había visto en ninguna flor del mundo real; un blanco que no era simplemente la ausencia de color, sino la presencia de toda la luz a la vez. La sostenía delicadamente entre sus largos dedos, y los pétalos estaban abiertos de una manera que parecía matemáticamente exacta.

Me acerqué. En el sueño, no tuve miedo. Ni por un instante, ni por un segundo. Lo cual es extraño, porque esa presencia era imponente, de una manera que debería haberme asustado. En cambio, lo que sentí fue paz. Una paz de una calidad que jamás había experimentado, una paz que no era la ausencia de dolor, sino algo que lo contenía y lo sostenía desde dentro, como una mano extendida bajo algo que está a punto de caer.

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