Short link: https://short.pageviewpro.com/kkTPtU
—No puedo —respondí—. Tengo una cita importante.
Brian soltó una risita.
—¿Dónde? ¿En una fondita?
—En un lugar al que ustedes llevan años intentando entrar.
Se río más fuerte.
—Claro. Y yo soy dueño del Palacio de Bellas Artes.
Colgué.
A las cinco veinte pedí un taxi. Mi destino no era la casa de los Miller, sino la Gran Plaza Reforma, donde esa mañana me presentarían ante inversionistas, chefs y empresarios como directora gastronómica de un proyecto internacional.
Beatrice no sabía nada.
Brian tampoco.
Y ninguno de los dos imaginaba que buena parte del prestigio del que se habían presumido durante años descansaba sobre recetas, contratos, proveedores y decisiones que habían salido de mis manos.
Cuando el taxi tomó Paseo de la Reforma, el teléfono vibró una vez más.
Era un mensaje de Beatrice.
“Si no estás aquí en veinte minutos, vamos a hablar con tus padres”.
Sentí que se me enfriaban las manos.
Mis padres sabían cosas que yo nunca había querido usar contra los Miller. Sabía cuánto dinero había puesto yo, cuantas veces había cubierto cuentas que Brian presentaba como propias y por qué llevaba aquella carpeta conmigo esa mañana.