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Al final, él se quedó con los aplausos.
Yo me quedé con la cocina , las compras, los proveedores, las recetas corregidas a medianoche, los costos que nadie revisaba y ese trabajo invisible que sólo se nota cuando deja de hacerse.
—No voy a ir —dije.
Beatrice dejó de reír.
—¿Cómo que no vas a ir?
—Estoy trabajando.
—¿Tú? ¿Trabajando? No me hagas reír. Brian dice que vive en un departamento miserable. Si vienes hoy y te portas bien, quizás podamos convencerlo de que te acepte de vuelta.
Entonces escuché la voz de Brian al fondo.
—Pasamela.
Unos segundos después habló con ese tono condescendiente que yo conocía demasiado bien.
—Samantha, no hagas el ridículo. Tú no vas a durar sin mí. Ve a ayudar a mi mamá y deja de jugar a que eres una mujer independiente.
Miré el vestido color marfil que había dejado preparado sobre una silla. Encima de la mesa estaba una carpeta gruesa con el emblema de la Gran Plaza Reforma, uno de los hoteles más exclusivos de la Ciudad de México.
Dentro estaban los documentos de la reunión más importante de mi vida.