Víctor no intervino. No dijo una sola palabra para defenderme. Solo me concedió una semana para recoger mis pertenencias y marcharme de la casa donde había vivido toda mi infancia.
No tuve fuerzas para discutir. Me limité a empacar mi ropa, algunas fotografías y los pocos objetos que me grababan a mi madre. Estaba convencida de que ese capítulo de mi vida se cerraba definitivamente.
Un hallazgo inesperado en el fondo del armario.
La última noche, mientras vaciaba el armario de mi madre, ocurrió algo que nadie esperaba. Detrás de unas mantas apareció una caja metálica cerrada con llave. Victor quiso quedársela de inmediato, pero en la tapa había una pequeña nota escrita a mano por mi madre que decía: «Para mi hija. Debe entregársele en persona.»
Al abrirla, encontré un verdadero tesoro documental:
- Varias cartas personales dirigidas a mí
- Copias de pólizas de seguro
- Extractos bancarios
- Documentos relacionados con la compra de la casa
- Recibos antiguos cuidadosamente conservados
En una de sus cartas, mi madre explicaba que había planeado modificar su testamento una vez terminado su tratamiento médico, pero su salud se deterioró antes de que pudiera acudir al abogado. Había guardado todas esas pruebas porque una parte importante del valor de la casa se había pagado con el dinero que ella heredó de mi abuela.