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Cenas copiosas y ricas en sodio: Consumir comidas pesadas o muy saladas justo antes de acostarse eleva la presión arterial durante la noche e incrementa la carga de trabajo del corazón mientras el cuerpo intenta procesar la digestión.
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Apnea obstructiva del sueño: Las interrupciones repetidas de la respiración provocan caídas drásticas en los niveles de oxígeno en sangre, lo que desencadena picos bruscos de presión arterial y estrés cardíaco en el medio de la madrugada.
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Deshidratación antes de dormir: No beber suficiente agua durante el día hace que la sangre se vuelva más densa y viscosa por la noche, facilitando la formación de coágulos o trombos.
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Estrés crónico y falta de descanso: El estrés elevado mantiene altos los niveles de cortisol y adrenalina durante la noche, impidiendo que el sistema cardiovascular entre en su estado natural de reposo.
Señales silenciosas de advertencia a las que prestar atención
A diferencia de los infartos convencionales, los episodios nocturnos suelen avisar con síntomas sutiles durante los días o semanas previas: