—¿Nunca lo buscaste?
—Lo hice… durante años. Pero nadie me escuchaba. Todos decían que estaba loca… que el duelo me había confundido… Terminé creyendo que jamás iba a saber la verdad.
Hizo una pausa.
—Y ahora me estoy muriendo.
No pude contener el llanto.
Ella sonrió con tristeza.
—Mi último deseo es saber si mi hijo vivió… aunque sea saber que respiró… aunque nunca quiera conocerme.
La abracé tan fuerte como pude.
—Lo voy a encontrar.
Ella negó con la cabeza.
—Es imposible.
—No para mí.
Al día siguiente empezó mi búsqueda.
Pensé que sería sencillo.
Qué ilusa fui.
Pasé semanas recorriendo archivos viejos.
Hospiales.
Registros civiles.
Iglesias.
Hablé con empleados que apenas levantaban la vista.
Con ancianos que recordaban historias a medias.
Con periodistas.Con abogados.
Con cualquiera que pudiera tener una pista.
Muchas veces quise rendirme.
Una tarde, después de pasar seis horas revisando documentos llenos de polvo, llegué a casa derrotada.
Mi mamá me esperaba con café.
—¿Encontraste algo?
—Sí.
Abrió los ojos.
—Que tengo alergia al polvo del siglo pasado.
Ella soltó una risa entre lágrimas.
Yo también.
A veces el humor era la única forma de seguir respirando.
Pero
Mi abuela cada día estaba más débil.
Ya casi no podía levantarse.
Una mañana me dijo sonriendo:
—Si encontrás a mi hijo, decile que heredó mi nariz.
—¿Y si no la heredó?
—Entonces devolvelo.
Las dos nos reímos.
Cinco minutos después estábamos llorando abrazadas.
Una noche, revisando una lista de nacimientos trasladados a otra provincia, encontré un nombre.
La fecha coincidía.
El peso del bebé coincidía.
El último deseo de mi abuela era encontrar a un bebé que había perdido hacía 60 años.” Nunca imaginé que la última promesa que le haría a mi abuela cambiaría la vida de toda mi familia.