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Hasta que una noche, sin motivo aparente, me desperté con un nudo en el pecho. Al día siguiente compré un pasaje y volví al pueblo por primera vez en muchos años.
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Entré al taller de don Eusebio y me quedé completamente paralizada. Detrás de las máquinas, en un rincón, había un colchón en el suelo, una olla y una caja con ropa. Mi hermano estaba sentado en un banco bajo, más flaco de lo que lo recordaba, lijando con cuidado una mesa de dibujo enorme, de madera clara, con un cajón para los planos.
—Llegaste —dijo, sin sorpresa—. Todavía me falta el barniz. Era para tu oficina nueva. Pensé que ya no la querrías.
Sobre una repisa había un cuaderno gastado. Lo abrí. Estaban anotados, con su letra, todos los gastos de mi carrera: la matrícula, los libros, el alquiler del cuarto, los pasajes. Y al lado de cada cifra, de dónde había salido el dinero. La casa. El auto de papá. Las horas extra de los sábados.