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3. Puede ser agotador. Para muchas personas frágiles, bañarse exige un esfuerzo físico considerable y genera cansancio, mareos o sensación de falta de aire. El vapor, el calor y la humedad pueden empeorar la respiración en quienes tienen EPOC, asma o insuficiencia cardíaca.
4. Se altera la defensa natural de la piel. En la piel conviven bacterias beneficiosas que forman parte de la microbiota y, junto con los aceites naturales, ayudan a protegernos de gérmenes dañinos. Ducharse con demasiada frecuencia o usar jabones antibacterianos altera ese equilibrio.
Entonces, ¿cada cuánto conviene ducharse?
No existe una cifra única. Como referencia general, muchos especialistas en geriatría consideran suficiente una ducha completa cada dos días o tres veces por semana, cuidando a diario las zonas donde se acumula más sudor: axilas, ingle y pies. En personas más frágiles, con la piel muy seca o con tendencia a grietas, puede bastar con una o dos veces por semana, sobre todo en invierno.
La recomendación debe adaptarse a cada caso. Quienes realizan actividad física, viven en zonas muy calurosas o tienen condiciones como incontinencia pueden necesitar un aseo más frecuente. Se trata de encontrar el equilibrio entre una buena higiene y el respeto por las funciones naturales del cuerpo.