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Aprender idiomas
Tenía treinta y cinco años cuando mi matrimonio terminó.
Mi esposo se llamaba Javier.
Nos conocimos en la universidad, nos casamos después de seis años de relación y durante mucho tiempo pensé que éramos una pareja bastante normal.
No perfecta.
Pero estable.
Trabajábamos.
Pagábamos una hipoteca.
Discutíamos por dinero.
Nos reconciliábamos.
Íbamos de vacaciones.
Y cuatro años antes del divorcio nació Mateo.
Si alguien me hubiera preguntado seis meses antes de todo aquello, si pensaba que Javier podía marcharse, habría respondido que no.
Eso demuestra cuánto podemos desconocer aquello que ocurre dentro de nuestra propia casa.
TODO EMPEZÓ CON UNA FRASE DEMASIADO TRANQUILA
Era martes.
Mateo estaba dormido.
Yo estaba guardando ropa.
Javier apareció en la puerta.
—Tenemos que hablar.
No me gustó el tono.
—¿Qué pasó?