Cuatro meses para recuperar nueve años
Mi padre vivió cuatro meses más. Los pasó casi todos con nosotros. Llevó a Lia a la guardería. Le leyó cuentos. Tuvimos, por primera vez en la vida, conversaciones reales, sin gritos ni portazos. Un hijo y un padre conociéndose de verdad, con un diagnóstico que ya no dejaba tiempo para el orgullo.
Murió en febrero, sosteniendo la mano de Lia de un lado y la mía del otro.
Hace unos días, Lia me abrazó del cuello y me preguntó bajito si el abuelo nos veía desde arriba. Le dije que sí. Creo que sí.
Entré a mi casa aquel jueves convencido de que iba a atrapar a mi esposa siéndome infiel. Encontré, en cambio, al padre que había borrado de mi vida sosteniendo a una nieta que quería conocer antes de morir.
Aprendí algo que llevo conmigo desde entonces: a veces, el rencor que uno carga por años es lo único que lo separa de una última oportunidad. Si hubiera echado a ese hombre enfermo en el primer impulso, habría perdido no solo a un padre, sino los cuatro meses en los que mi hija tuvo un abuelo y yo, por fin, tuve un papá.