Muchas personas creen que envejecen bien porque no sienten dolor o porque aún pueden realizar sus actividades diarias. Sin embargo, el verdadero estado del envejecimiento no se revela en el consultorio médico o en el laboratorio, sino en gestos cotidianos: levantarse de una silla, caminar con confianza o agacharse sin pensar.
La diferencia entre quienes mantienen su independencia hasta la vejez y quienes empiezan a perderla mucho antes de que no esté en la suerte o solo en la genética. Está en un pequeño grupo de capacidades físicas y neurológicas que, al preservarse, indican que el cuerpo sigue respondiendo, adaptándose y defendiéndose.
Lo más preocupante es que estas habilidades a menudo se pierden poco a poco. El cuerpo se adapta a la pérdida y la persona no siempre es consciente de lo que ya no puede hacer como antes. Por lo tanto, el deterioro suele detectarse cuando ya ha avanzado demasiado. recursoseducativos