PARTE 1
Ángel Di María descubrió a Marta, la mujer que lo había cuidado de niño, viviendo con sus 3 hijos en un terreno tomado, y lo peor fue verla esconder una bolsa de pan duro como si fuera un tesoro robado.
El evento benéfico en Rosario había terminado entre flashes, camisetas firmadas y abrazos de gente que le decía que era un orgullo para el barrio. Ángel sonreía con educación, pero su cabeza ya estaba lejos, cansada de cámaras y discursos. Iba a subir a la camioneta cuando la vio cruzar detrás de un grupo de madres que salían del centro comunitario. Una mujer flaca, con el pelo recogido a medias, caminaba rápido con un niño dormido sobre el hombro y 2 más siguiéndola como sombras.
No fue el rostro lo que lo detuvo, sino la manera de andar. Esa espalda inclinada, ese paso apurado, esa costumbre de no molestar a nadie. Ángel se quedó helado.
—Pará —le dijo al chófer.
El hombre frenó antes de arrancar.
—¿Pasa algo?
Ángel no respondió seguidamente. La mujer se dobló por una calle lateral, apretando la bolsa contra el pecho. El niño mayor miró hacia atrás con desconfianza.
—Seguila, pero despacio. Que no se dé cuenta.
El chófer lo miró por el espejo, sorprendió, pero obedeció.
La camioneta avanzó a distancia. Las calles prolijas quedaron quedando atrás. Primero desaparecieron los negocios con vidrieras, después las veredas, después el asfalto. El paisaje cambió hasta volverse una herida abierta: postes torcidos, cables colgando, casas hechas con chapas, lonas y maderas húmedas. El sol caía sobre los techos oxidados, y un viento seco levantaba polvo entre los pasillos de tierra.
Ángel sintió un nudo en el estómago.
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