Le puse el frío metal en la palma. Abró los ojos, desdobló el papel, levantó la tapa y quedó paralizado.
Por un instante, una alegría infantil brilló en su mirada, la que solo había visto en él hacía muchos años, cuando aún salíamos y soñábamos con algo grande y lejano.
“Estás loca, Lena”, exhaló finalmente. “Valen…”
“No importa”, lo interrumpí. “Lo importante es la ocasión. Diez años, Seryozha”. “Diez años”, repitió, acercándome.
Cenamos en casa. Me costó mucho decidir entre un restaurante y nuestra pequeña celebración en la cocina, pero finalmente me decidí: un aniversario es para nosotros dos, no para miradas indiscretas y camareros. Puse la mesa, encendí las velas y coloqué un pequeño jarrón de margaritas —mis favoritos— entre los platos.
Cuando le llegó el turno de dar un regalo, ya estaba un poco achispada por el vino y la ilusión.
“¿Y bien?”, sonreí. “Ahora te toca a ti sorprender”.