EL ALIMENTO MAS BARATO
Al llegar a los 60, la palabra “osteoporosis” empieza a sonar con demasiada frecuencia en las consultas médicas. Los huesos se vuelven porosos, quebradizos, como una esponja vieja. Y la primera solución que nos ofrecen son suplementos de calcio y leche enriquecida, que no son precisamente baratos. Sin embargo, en cualquier supermercado, por menos de dos euros, encontramos un auténtico tesoro olvidado: las sardinas en conservación.
Sí, esas humildes latas que huelen a mar y nos traen recuerdos de las meriendas de la abuela. Las sardinas son, probablemente, el alimento más infravalorado y accesible para frenar la pérdida de densidad ósea. ¿Su secreto? A diferencia de la leche, no solo aportan calcio (sus espinas son comestibles y están repletas de él), sino que también son una de las pocas fuentes naturales de vitamina D, la hormona que le indica al intestino: “¡Oye, absorbe ese calcio!”. Sin vitamina D, todo el calcio que tomamos se pierde.
Pero no todo es tan bueno. Comerlas directamente del aceite puede resultar pesado o demasiado salado. Para que este remedio sea agradable y sostenible a diario, hay que cocinarlas frescas. Aquí les dejo dos ideas que uso para mi madre, que tiene 68 años y ya nota la diferencia.
Receta 1: Tortita de sardinas con romero (perfecta para untar en tostadas)
Abre una lata de sardinas en aceite de oliva (escurre un poco, pero no todo). Ponlas en un bol con una cucharada de queso crema bajo en grasa y salado, el jugo de medio limón, una ramita de romero fresco picado y un diente de ajo asado (para evitar repeticiones). Desmenuza todo con un tenedor. Tuesta una rebanada de pan integral con este paté. Contiene calcio de las espinas molidas, vitamina D de las sardinas y romero, que favorece la circulación.
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