Javier se despidió como siempre: impecable, seguro, con esa serenidad que me hacía sentir protegida. Dijo que era un viaje de trabajo a Barcelona, apenas tres días. No era la primera vez que viajaba por negocios, así que no sospeché nada.
Antes de irse, cerró la verja desde afuera con una cadena gruesa y un candado pesado.
—La copia de la llave está en mi despacho —me explicó—, pero la cerradura está algo atascada. Mejor no la uses salvo emergencia. Así me quedo más tranquiloAsentí sin discutir.
En la terraza, Leo, mi hijastro de diez años, permanecía inmóvil en su silla de ruedas. La cabeza inclinada, la mirada perdida, el cuerpo frágil. Los médicos habían sido claros: daño cerebral irreversible, parálisis total, sin lengua
Javier lo observó con esa tristeza que yo siempre creí sincera.
—Cuídalo bien —dijo—. Es lo único que me queda de ella.
Luego subió al auto y se fue.
El silencio cayó sobre la casa como una losa.
continúa en la página siguiente
La rutina y el primer olor
A las diez de la mañana comenzó la rutina de siempre: pañal, comida, limpieza, cuentos. Javier no permitía cuidadores ni visitas. Decía que era por privacidad, que no quería extraños observando la “desgracia” de su hijo.
Mientras le leía un cuento, un olor extraño llegó a mi nariz. Primero leve, casi imperceptible. Luego volvió, más fuerte.
Revisé el pañal de Leo por reflejo. Estaba limpio.
Fui a la cocina. Todo parecía normal: la vitrocerámica apagada, los mandos en off. Me dije que era imaginación mía. Javier solía decir, entre risas, que yo era distraída, paranoica, incapaz de notar los detalles importantes.Pero el olor regresó.